lunes, 1 de diciembre de 2014

Dichosa la suerte

A su lado todos los días son fiesta. No importa que hora sea ni si el sol ya ha salido o se asoma la blanca luna, el pequeño recuerdo de su ser provoca la mayor de mis flojeras, porque es mi debilidad. Sí, lo es, pero también es mi fortaleza, ya que consigue levantar mi rostro caído en los días tristes con la simple curvatura de su sonrisa inocente. No podría pensar en una metáfora que le haga justicia pues todas son cliché, pero sí que puedo, o intentar al menos, con palabras que en realidad no son más que signos insuficientes, expresar lo que yo siento por él. Y es que las 24 horas del día se me hacen escasas cuando estoy a su lado, cuando me estrecha entre sus brazos, provocando en mi ser una sensación de paz y tranquilidad que ni el rugir del mar calmado podría superar. Y es que en esos instantes una no puede pensar en nada más que no sea la suerte que la rodea, sólo sabe que es felicidad lo que rebosa de mi corazón, la felicidad que muchos ansían, la que muchos buscan en vasos vacíos o en barcos a la deriva. Y no importa si es sábado lunes o domingo, a su lado todos los días son fiesta. Y es que, con su ausencia mi corazón grita y con ello mi boca voraz se vuelve impaciente.
Párrafos enteros podría escribir, donde en ellos describir de qué color y forma exacta son las mariposas que revolotean en mí cuando mis pupilas divisan tu figura a lo lejos, y mi corazón sonríe, de la misma manera que yo sonrío cuando tu mágica boca pronuncia cualquier vocablo.
Dime tú que eres el causante de mi sonrisa permanente, si esto que yo describo no es auténtico delirio, o como lo llaman los mortales, amor. La locura en su máximo esplendor, la pérdida del juicio completo. Soñar estando despiertos. Juntos siempre seremos eternos.

Creía que lo había visto todo, hasta que lo vi a él, dichosa la suerte y dichoso el destino que guarda para cada uno su obra más preciada.

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