Aquellos ojos desamparados buscaban el auxilio en cualquiera que pudiera mirarle a los ojos y descubrir el sufrimiento por el que estaba pasando. Todos la miraban, pareciendo descubrir la verdad tras aquellos ojos verde oliva, pero en realidad eran solo las ganas de ser rescatada lo que potenciaba su imaginación y la hacía creer que aquellas personas podían ayudarla. En realidad ellos no la miraban de forma diferente a otras veces. Cómo era posible, se preguntaba, que nadie pudiese reconocer en aquella mirada el dolor que ella sentía. Aquellos ojos hablaban por sí solos, eran como un grito de socorro que en vez de proclamarse por la boca se reflejaban allí, en aquellos pequeños y almendrados ojos verde oliva.
Buscaba entre los ojos de la gente, buscaba aquellos otros ojos que descubrieran su sufrimiento, buscaba aquella persona en la que pudiera refugiarse. Sus ojos gritaban auxilio pero nadie parecía escucharlos, todos embobados en sus respectivos que-haceres, no prestaban atención, no se daban cuenta de que había un alma maltratada que precisaba de su ayuda. Tan ensimismados en sus vidas que no podían mi alzar la vista y contemplar lo que se estaban perdiendo.
Ella, tan desesperada, cosida la boca, palabras ahogadas en el miedo, su única arma, sus ojos, a los que nadie prestaba atención. Ni siquiera una sola lágrima que derramar, estaba perdida, sabía que jamás aquellos seres levantarían sus ojos y encontrarían aquellos destellos que reflejaban el dolor en sus ojos, e incluso aunque se detuviesen un segundo a mirarla tampoco descubrirían nada, absolutamente nada, permanecerían tres segundos observando aquellos ojos y en un parpadeo volverían a su ajetreada vida, porque el ser humano en sí es egoísta, y solo se preocupa de sus problemas, siempre pendiente de lo que concuerda con sus intereses, jamás pensando en los demás, y cuando lo hacen, ya es demasiado tarde.
Aquellos ojos verde oliva, un día, perdieron todo su color.
Porque tienen ojos y no ven, oídos y no escuchan, corazón y no sienten.