Dolores de cabeza. Ganas de gritar. De coger todo y tirarlo por la ventana. De ponerte tus zapatillas favoritas, salir por esa puerta, y coger el primer avión a Nunca Jamás. Jaquecas. Histeria acompañada de sacudidas a todo mueble no atornillado al suelo. Maldecir a todo ser viviente. Tirar todo al abismo. Tumbarte en el frío suelo mirando a nada. Noches sin dormir. Cavilaciones estúpidas. Instintos asesinos recorriendo tu cuerpo cada 5 segundos. Suspiros. Más suspiros. Respiraciones aceleradas. Ganas de mandar todo a la mierda. Sumirse en el caos. Aislarse. Llorar. Duchas que parecen viajes de miles de leguas. Pensando en todo. Pensando en nada. Ganas de gritar a todo el mundo. Ahogar gritos de pánico. Desgarrarse la voz en hacer que te escuchen. Dolor. Pesadillas. Gritos, más gritos. Romper todo.
Fantasías de adolescente que acaban siendo pesadillas nocturnas. Estúpidos deseos irrealizables. Depresión. Angustia. Estar atascado en una camino sin salida. Llantos hasta quedarse dormida. Frío. Calor. Deseo. Frustración. Amor. Odio. Venganza. Adoración. Como un 4x4 sin frenos. A todo gas. Lujuria. Maldad. Acciones sin pensar.
Y después de eso, recobrar la calma. Recobrar la compostura. Salir por esa estúpida puerta de madera, y, que remedio, vivir esta montaña rusa llamada vida.
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