Ya lo veo. Sangre, sangre derramada. Mucha. Por el suelo. Tanta rabia acumulada explotará como una bomba nuclear. Y saldrán de mi boca bocanadas de oscuridad y tinieblas. Podré ensombrecer el cielo con una sola mirada y destruir el suelo con un simple pisotón. Fuego, fuego recorrerá mi cuerpo. Pero un fuego reconfortante. Un fuego acogedor. Ese fuego que a veces brilla en tus ojos cuando no puedes más, cuando no lo aguantas, cuando desearías ser Superman y repartir a todos, en todos los lugares, a todas horas. Ese fuego que ilumina tu cara cuando el instinto asesino recorre tu cuerpo helado, helado de la rabia, y del odio. El odio no es bueno. Seré castigada por lo Dioses por ello. Lo sé. Pero no se puede evitar. Ganas, ganas de correr, y no parar, como Forrest Gump. Ganas de gritar. De dejar de andar, y volar. De despegar los pies del suelo. De irme, de correr, de soñar, de salir de aquí. De olvidar, de ya no sentir nada más. Asco, mucho asco. Sucios animales, ratas endemoniadas con la tiña y la rabia, de cloaca, mutantes, mutantes de NYC , que comen en el KFC. Cadáveres vestidos con sus mejores galas, que esconden bajos sus vestidos y trajes el ansío de apoderarse de un cerebro, de una alma que poseer. Fantasmas corrompidos por la maldad, por la envidia, por la suciedad. Almas, almas que vagan cual bolsa de plástico al viento buscando la luz. No la encuentran. No la consiguen. Son prisioneros de Satanás. Son sus siervos, a su voluntad. Y hasta hay veces, que se crean sus propios planes. Y atacan, con puños, y garras, para poder salvar, lo que queda de eso a lo que llaman espíritu. Alma. Ya está todo perdido. Creen que a través de sus armas fantasmales pueden conseguir algo que en toda su vida han despreciado. Han rechazado. Y han preferido escoger el camino equivocado. Y ahora da igual. Lo saben. Deben volver. Y no entorpecer el curso natural de la vida. La hora ha llegado, so...
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